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miércoles, 10 de diciembre de 2025
¿CÓMO SE PUEDE CONVERTIR UNO EN MIEMBRO DE LA IGLESIA DE CRISTO?
¿CÓMO SE PUEDE CONVERTIR UNO EN MIEMBRO DE LA IGLESIA DE CRISTO?
En la salvación del alma humana hay dos partes necesarias: la de Dios y la del hombre. La parte de Dios es la más importante: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). El amor que Dios sintió por el hombre lo llevó a enviar a Cristo al mundo para redimirlo. La vida y las enseñanzas de Jesús, el sacrificio en la cruz y la proclamación del evangelio a los hombres constituyen la parte de Dios en la salvación. Si bien la parte de Dios es la más importante, la del hombre también es necesaria para que este alcance el cielo. El hombre debe cumplir las condiciones del perdón que el Señor ha anunciado. La parte del hombre se puede exponer claramente en los siguientes pasos
Escucha el Evangelio . «¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin que haya quien les predique?» (Romanos 10:14).
Cree «Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que le buscan» (Hebreos 11:6).
Arrepiéntanse de los pecados pasados. «Por eso Dios pasó por alto los tiempos de ignorancia; mas ahora manda a los hombres que se arrepientan en todo lugar» (Hechos 17:30).
Confiesa a Jesús como Señor . «Aquí hay agua; ¿qué me impide ser bautizado?» Felipe le dijo: «Si crees de todo corazón, puedes serlo». Él respondió: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios» (Hechos 8:36-37).
Bautícense para el perdón de los pecados . «Pedro les dijo: Arrepiéntanse, y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibirán el don del Espíritu Santo» (Hechos 2:38).
Vive una vida cristiana «Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9).
Por: Carlos Benavides
CÓMO PREDICAR EL EVANGELIO
TEXTO. --El que gana almas es sabio. --PROVERBIOS 11:30.
Una de las últimas observaciones de mi última conferencia fue esta: que el texto atribuye la conversión a los hombres. Ganar almas es convertir a los hombres. Esta noche me propongo demostrar,
I. Que varios pasajes de las Escrituras atribuyen la conversión a los hombres.
II. Que esto es coherente con otros pasajes que atribuyen la conversión a Dios.
III. Me propongo analizar otros detalles que se consideran importantes en relación con la predicación del Evangelio, y que demuestran que se necesita una gran sabiduría práctica para ganar almas para Cristo.
I. Voy a demostrar que la Biblia atribuye la conversión a los hombres.
Hay muchos pasajes que presentan la conversión de los pecadores como obra de los hombres. En Daniel 12:3, se dice: «Los sabios resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que guían a muchos a la justicia, como estrellas por los siglos de los siglos». Aquí la obra se atribuye a los hombres. Lo mismo ocurre en 1 Corintios 4:15: «Pues aunque tengáis diez mil instructores en Cristo, no tenéis muchos padres; porque en Cristo Jesús yo os he engendrado por medio del evangelio». Aquí el apóstol les dice explícitamente a los corintios que los hizo cristianos mediante el evangelio o la verdad que predicó. De nuevo, en Santiago 5:19-20, se nos enseña lo mismo: «Hermanos, si alguno de vosotros se extravía de la verdad, y otro lo convierte, sepa que el que convierte al pecador del error de su camino salvará un alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados». Podría citar muchos otros pasajes, igualmente explícitos. Pero estos datos son más que suficientes para establecer el hecho de que la Biblia, en efecto, atribuye la conversión a los hombres.
II. Procedo a demostrar que esto no es incompatible con aquellos pasajes en los que la conversión se atribuye a Dios.
Y aquí permítanme señalar que, a mi parecer, resulta muy extraño que los hombres supongan alguna vez una inconsistencia en este asunto, o que pasen por alto el sentido común. Es evidente que existe un sentido en el que Dios los convierte y otro en el que los hombres los convierten.
Las Escrituras atribuyen la conversión del pecador a cuatro agentes diferentes: a los hombres, a Dios, a la verdad y al propio pecador. Los pasajes que la atribuyen a la verdad constituyen la mayoría. Resulta sorprendente que los hombres hayan pasado por alto esta distinción y hayan considerado la conversión como una obra exclusivamente divina. Asimismo, sorprende que alguna vez se haya sentido dificultad alguna respecto a este tema, o que alguien se haya declarado incapaz de conciliar estos distintos tipos de pasajes.
Pues bien, la Biblia habla de este tema con la misma naturalidad con la que nosotros hablamos de temas cotidianos. Imaginemos a un hombre gravemente enfermo. Es lógico que diga de su médico: «Ese hombre me salvó la vida». ¿Acaso quiere decir que el médico le salvó la vida sin mencionar a Dios? Ciertamente no, a menos que sea un incrédulo. Dios creó al médico, y también creó la medicina. Y es innegable que la intervención divina interviene tanto en que la medicina surta efecto para salvar una vida, como en que la verdad surta efecto para salvar un alma. Afirmar lo contrario es puro ateísmo. Es cierto, pues, que el médico le salvó la vida, y también es cierto que Dios le salvó la vida. Es igualmente cierto que la medicina le salvó la vida, y que él mismo se salvó al tomarla; pues la medicina no habría servido de nada si no la hubiera tomado voluntariamente, o si no hubiera entregado su cuerpo a su poder.
En la conversión de un pecador, es cierto que Dios le da a la verdad la eficacia para que el pecador se vuelva a Él. Él es un agente activo, voluntario y poderoso en el cambio de mentalidad. Pero no es el único agente. Quien le hace llegar la verdad también es un agente. Solemos hablar de los ministros y otros hombres como meros instrumentos en la conversión de los pecadores. Esto no es del todo correcto. El hombre es algo más que un instrumento. La verdad es el mero instrumento inconsciente. Pero el hombre es más que eso: es un agente voluntario y responsable en este proceso. En mi sermón impreso n.° 1, que algunos de ustedes quizás hayan visto, he ilustrado esta idea con el caso de una persona de pie a orillas del Niágara.
"Imagínese que está de pie a orillas de las cataratas del Niágara. Mientras se encuentra al borde del precipicio, contempla a un hombre absorto en sus pensamientos, acercándose al borde sin ser consciente del peligro. Se acerca cada vez más, hasta que levanta el pie para dar el paso final que lo precipitará a la destrucción. En ese momento, usted alza su voz de advertencia por encima del rugido de las aguas espumosas y grita: ¡Alto! La voz le perfora los oídos y rompe el hechizo que lo ata; se da la vuelta instantáneamente, pálido y horrorizado, se retira temblando del borde de la muerte. Se tambalea y casi se desmaya de horror; se da la vuelta y camina lentamente hacia la taberna; usted lo sigue; la manifiesta agitación en su rostro llama a la gente a su alrededor; y al acercarse, él lo señala y dice: Ese hombre me salvó la vida. Aquí le atribuye la hazaña a usted; y ciertamente hay un sentido en el que usted lo salvó. Pero, al ser interrogado más, Él dice: «¡Alto! ¡Cómo resuena esa palabra en mis oídos! ¡Oh, esa era para mí la palabra de vida!». Aquí la atribuye a la palabra que lo conmovió y lo hizo volverse. Pero, al continuar la conversación, dice: «Si no me hubiera vuelto en ese instante, estaría muerto». Aquí habla de ello, y verdaderamente, como un acto propio; pero inmediatamente se le oye decir: «¡Oh, la misericordia de Dios! Si Dios no hubiera intervenido, me habría perdido». Ahora bien, el único defecto en esta ilustración es este: en el caso supuesto, la única intervención de Dios fue providencial; y el único sentido en el que se le atribuye la salvación de la vida del hombre es en un sentido providencial. Pero en la conversión de un pecador, se emplea algo más que la providencia de Dios; pues aquí no solo la providencia de Dios lo ordena de tal manera que el predicador grita: «¡Alto!», sino que el Espíritu de Dios le insta a comprender la verdad con tal poder que lo induce a volverse.
No solo el predicador grita: «¡Alto!», sino que a través de la voz viva del predicador, el Espíritu grita: «¡Alto!». El predicador grita: «¡Convertíos! ¿Por qué queréis morir?». El Espíritu vierte la expostración con tal poder que el pecador se convierte. Ahora bien, al hablar de este cambio, es perfectamente apropiado decir que el Espíritu lo convirtió, tal como se diría de un hombre que persuadió a otro a cambiar de opinión sobre política, que lo convirtió y lo convenció. También es apropiado decir que la verdad lo convirtió; como en un caso en que los sentimientos políticos de un hombre cambiaron por cierto argumento, diríamos que ese argumento lo convenció. Así también, con perfecta propiedad, podemos atribuir el cambio al predicador vivo, o a quien presentó los motivos; tal como diríamos de un abogado que prevaleció en su argumento ante un jurado; ganó su caso, convirtió al jurado. También con la misma propiedad se atribuye al individuo mismo cuyo corazón cambia; Deberíamos decir que cambió de parecer, que se arrepintió, que cambió de parecer. Ahora bien, esto es estrictamente cierto, y cierto en el sentido más absoluto y elevado; el acto es suyo, el cambio es suyo, mientras que Dios, por medio de la verdad, lo indujo a cambiar; aun así, es estrictamente cierto que cambió y lo hizo por sí mismo. Así se ve el sentido en que es obra de Dios, y también el sentido en que es obra del pecador. El Espíritu de Dios, por medio de la verdad, influye en el pecador para que cambie, y en este sentido es la causa eficiente del cambio. Pero el pecador cambia realmente, y por lo tanto, en el sentido más apropiado, es él mismo el autor del cambio. Hay quienes, al leer la Biblia, fijan su atención en los pasajes que atribuyen la obra al Espíritu de Dios y parecen pasar por alto aquellos que se la atribuyen al hombre, y hablan de ella como un acto del pecador. Cuando han citado las Escrituras para probar que es obra de Dios, parecen creer que han probado que es algo en lo que el hombre es pasivo, y que de ninguna manera puede ser obra del hombre. Hace algunos meses se escribió un folleto cuyo título era "La regeneración, efecto del poder divino". El autor continúa probando que la obra es realizada por el Espíritu de Dios, y ahí se detiene. Ahora bien, hubiera sido igual de cierto, igual de filosófico e igual de bíblico, si hubiera dicho que la conversión era obra del hombre. Era fácil probar que era obra de Dios, en el sentido en que lo he explicado. Por lo tanto, el autor dice la verdad, hasta donde llega; pero solo ha dicho la mitad de la verdad. Porque si bien hay un sentido en el que es obra de Dios, como ha demostrado, también hay un sentido en el que es obra del hombre, como acabamos de ver. El mismo título de este folleto es un obstáculo. Dice la verdad,Pero no cuenta toda la verdad. Y podría escribirse un tratado sobre esta proposición, que afirma que "la conversión o regeneración es obra del hombre"; lo cual sería igual de cierto, igual de bíblico e igual de filosófico que el que he mencionado. Así, el autor, en su afán por reconocer y honrar a Dios como partícipe de esta obra, al omitir el hecho de que el cambio de corazón es un acto propio del pecador, lo ha dejado firmemente atrincherado, con sus armas en sus manos rebeldes, resistiéndose con vehemencia a las exigencias de su Creador y esperando pasivamente a que Dios le haga un corazón nuevo. De esta manera se observa la coherencia entre lo que exige el texto y el hecho declarado de que Dios es el autor del corazón nuevo. Dios te ordena que te haga un corazón nuevo, espera que lo hagas, y si alguna vez se hace, debes hacerlo.
Y déjame decirte, pecador, que si no lo haces irás al infierno, y por toda la eternidad sentirás que merecías ser enviado allí por no haberlo hecho.
III. Como se propuso, ahora me referiré a varios detalles importantes que se derivan de este tema, relacionados con la predicación del Evangelio, y que demuestran que una gran sabiduría práctica es indispensable para ganar almas para Cristo.
Y PRIMERO, en lo que respecta al ASUNTO DE LA PREDICACIÓN.
1. Toda predicación debe ser práctica.
El verdadero propósito de toda doctrina es la práctica. Todo aquello que se presenta como doctrina y que no puede aplicarse en la práctica no es predicar el Evangelio. En la Biblia no existe ese tipo de predicación. Todo es práctico. «Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra». Gran parte de la predicación actual, al igual que en épocas pasadas, se denomina doctrinal, en contraposición a la predicación práctica. La mera idea de hacer esta distinción es una artimaña del diablo. Y Satanás mismo jamás ideó una artimaña más abominable. A veces se oye a ciertos hombres hablar extensamente sobre la necesidad de «adoctrinar al pueblo». Con esto se refieren a algo distinto de la predicación práctica: enseñarles ciertas doctrinas como verdades abstractas, sin ninguna referencia a la práctica. Y he conocido a un pastor en medio de un avivamiento, rodeado de pecadores ansiosos, que dejó de esforzarse por convertir almas, con el propósito de "adoctrinar" a los jóvenes conversos, por temor a que alguien más los adoctrinara antes que él. ¡Y ahí se detuvo el avivamiento! O su doctrina no era verdadera, o no la predicó de la manera correcta. Predicar doctrinas de forma abstracta, sin referencia a la práctica, es absurdo. Dios siempre introduce la doctrina para regular la práctica. Presentar puntos de vista doctrinales con cualquier otro propósito no solo es un disparate, sino también perverso.
Algunas personas se oponen a la predicación doctrinal. Si están acostumbradas a escuchar doctrinas predicadas de forma fría y abstracta, no es de extrañar que se opongan. Y con razón. Pero ¿qué puede predicar quien no predica doctrina? Si no predica doctrina, no predica el evangelio. Y si no lo predica de forma práctica, no predica el Evangelio. Toda predicación debe ser doctrinal y práctica. El propósito mismo de la doctrina es regular la práctica. Cualquier predicación que no tenga esta tendencia no es el Evangelio. Un estilo de predicación superficial y exhortativo puede afectar las pasiones y generar entusiasmo, pero nunca instruirá lo suficiente a las personas para lograr conversiones sólidas. Por otro lado, predicar la doctrina de forma abstracta puede llenar la mente de ideas, pero nunca santificará el corazón ni la vida.
2. La predicación debe ser directa. El Evangelio debe predicarse a los hombres, no sobre ellos. El ministro debe dirigirse a sus oyentes. Debe predicarles acerca de sí mismos, y no dar la impresión de que les está predicando acerca de otros. Nunca les hará ningún bien si no logra convencer a cada individuo de que se refiere a él. Muchos predicadores parecen tener mucho miedo de dar la impresión de que se refieren a alguien en particular. Predican contra ciertos pecados, no contra aquellos que tienen algo que ver con el pecador. Es el pecado, y no el pecador, lo que reprenden; y de ninguna manera hablarían como si supusieran que alguno de sus oyentes fuera culpable de estas prácticas abominables. Ahora bien, esto no es predicar el Evangelio. Así no lo hicieron los profetas, ni Cristo, ni los apóstoles. Tampoco lo hacen los ministros que tienen éxito en ganar almas para Cristo.
3. Otro aspecto muy importante a considerar en la predicación es que el ministro debe buscar a pecadores y cristianos dondequiera que se hayan atrincherado en la inacción. El propósito de la predicación no es tranquilizar a las personas, sino impulsarlas a ACTUAR. No se trata de llamar a un médico para que les recete opiáceos, ocultando así la enfermedad y dejándola avanzar hasta causar la muerte, sino de descubrir la enfermedad dondequiera que esté oculta y erradicarla. De igual modo, si un creyente se ha apartado de la fe y está lleno de dudas y temores, no es deber del ministro calmarlo en sus pecados y consolarlo, sino ayudarlo a superar sus errores y recaídas, mostrarle su situación actual y comprender qué es lo que le genera dudas y temores.
Un pastor debe conocer las creencias religiosas de cada pecador de su congregación. De hecho, en el campo, un pastor suele ser inexcusable si no las conoce. No tiene excusa para ignorar las creencias religiosas de toda su congregación, ni de quienes puedan caer bajo su influencia si ha tenido la oportunidad de conocerlas. ¿De qué otra manera podría predicarles? ¿Cómo podría saber cómo presentarles tanto lo nuevo como lo antiguo, y adaptar la verdad a su situación? ¿Cómo podría desenmascararlos si no supiera dónde se esconden? Podría cambiar constantemente algunas doctrinas fundamentales, como el arrepentimiento y la fe, y la fe y el arrepentimiento, hasta el día del juicio final, y nunca lograría impresionar a muchos. Todo pecador tiene algún escondite, algún refugio donde se refugia. Posee alguna mentira favorita con la que se tranquiliza. Que el pastor la descubra y la elimine, ya sea en el púlpito o en privado, o el hombre irá al infierno por sus pecados, y su sangre se encontrará en las faldas del pastor.
4. Otro aspecto importante a tener en cuenta es que un ministro debe centrarse principalmente en aquellos puntos que resultan más necesarios. Explicaré a qué me refiero.
A veces, puede encontrar personas que han depositado una gran confianza en sus propias resoluciones. Creen que pueden guiarse por su conveniencia y que, cuando les convenga, se arrepentirán sin preocuparse por el Espíritu de Dios. Que aborde estas ideas y demuestre que son totalmente contrarias a las Escrituras. Que muestre que si el Espíritu de Dios se entristece, por muy capaz que sea, es seguro que nunca se arrepentirá, y que, cuando le convenga hacerlo, no tendrá ninguna inclinación. El ministro que encuentre estos errores prevaleciendo, debe exponerlos. Debe investigarlos a fondo, comprender cómo se sostienen y luego predicar las verdades que muestren la falacia, la insensatez y el peligro de estas ideas.
Por otro lado, puede que encuentre un pueblo con ideas tan arraigadas sobre la Elección y la Soberanía que piensen que no tienen más remedio que esperar a que las aguas se muevan. Que vaya directamente a confrontarlos, insistiendo en su capacidad para obedecer a Dios, en mostrar su obligación y deber, y presionándolos hasta que se sometan y sean salvos. Se han aferrado a una visión pervertida de estas doctrinas, y no hay otra manera de sacarlos de su escondite que corregirlos en estos puntos. Dondequiera que un pecador esté atrincherado, a menos que se le ilumine el camino, jamás se le conmoverá. De nada sirve presionarlo con verdades que él mismo admite, por muy claramente que contradigan sus ideas erróneas. Las supone perfectamente coherentes y no ve la incoherencia, por lo que no se conmoverá ni se arrepentirá.
Me han informado de un pastor en Nueva Inglaterra, que estaba establecido en una congregación que durante mucho tiempo había disfrutado casi exclusivamente de la predicación arminiana, y la congregación misma era mayoritariamente arminiana. Pues bien, este pastor, en su predicación, insistía enfáticamente en los puntos opuestos: la doctrina de la elección, la soberanía divina, la predestinación, etc. La consecuencia fue, como cabía esperar cuando esto se hacía con habilidad, que hubo un poderoso avivamiento. Algún tiempo después, este mismo pastor fue llamado a trabajar en otro campo, en este estado, donde la gente estaba completamente en el bando opuesto y fuertemente influenciada por el antinomianismo. Tenían ideas tan pervertidas sobre la elección y la soberanía divina, que continuamente decían que no tenían poder para hacer nada, sino que debían esperar el tiempo de Dios. Ahora bien, ¿qué hizo este pastor sino pasar inmediatamente a predicar la doctrina de la elección? Y cuando se le preguntó cómo podía pensar en predicar tanto la doctrina de la elección a esa gente, cuando era precisamente lo que los adormecía a un sueño más profundo, respondió. «¡Pues esa es precisamente la clase de verdades con las que tuve un gran avivamiento en ----!» sin tener en cuenta la diferencia de opiniones entre la gente. Y si no me equivoco, allí sigue, predicando la doctrina de la elección, preguntándose por qué no produce un avivamiento tan poderoso como en el otro lugar. Probablemente esos pecadores nunca se conviertan. Hay que aceptar las cosas como son, descubrir dónde se esconden los pecadores, derramar la verdad sobre ellos y sacarlos de sus refugios de mentiras. Es de suma importancia que un ministro averigüe dónde se encuentra la congregación y predique en consecuencia.
He estado en muchos lugares durante épocas de avivamiento, y nunca he podido emplear exactamente el mismo método de predicación en todos. Algunos se atrincheran tras un refugio, otros tras otro. En un lugar, la iglesia necesita ser instruida; en otro, los pecadores. En un lugar, un conjunto de verdades; en otro, otro. Un ministro debe discernir dónde se encuentran y predicar en consecuencia. Creo que esta es la experiencia de todos los predicadores llamados a trabajar de campo en campo.
5. Si un pastor pretende promover un avivamiento, debe tener mucho cuidado de no generar controversia. Esto entristecerá al Espíritu de Dios. Probablemente, de esta manera se frustran más avivamientos que de cualquier otra. Si repasamos la historia de la iglesia desde sus inicios, veremos que los pastores suelen ser responsables de entristecer al Espíritu y provocar declinaciones mediante la controversia. Son los pastores quienes plantean temas polémicos para su debat
martes, 9 de diciembre de 2025
EL LADRÓN EN LA CRUZ Y EL BAUTISMO: UNA RESPUESTA BÍBLICA COMPLETA Y PROFUNDA
EL LADRÓN EN LA CRUZ Y EL BAUTISMO: UNA RESPUESTA BÍBLICA COMPLETA Y PROFUNDA
INTRODUCCIÓN: ENTRE LA EMOCIÓN Y LA VERDAD REVELADA
“Y uno de los malhechores… le dijo: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino… Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:39-43). Este pasaje ha sido usado repetidamente para afirmar que el bautismo no es necesario para la salvación. Sin embargo, la interpretación correcta de la Escritura exige considerar no solo un evento aislado, sino todo el consejo de Dios (Hechos 20:27). La verdad no se construye sobre excepciones emocionales, sino sobre principios revelados de manera consistente. El caso del ladrón no puede contradecir lo que Cristo y sus apóstoles enseñaron posteriormente con claridad y autoridad divina.
EL CONTEXTO DEL TESTAMENTO: LA SALVACIÓN ANTES Y DESPUÉS DE LA CRUZ
El fundamento de este tema descansa en comprender la transición entre los pactos. La Escritura declara: “Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador; porque el testamento con la muerte se confirma” (Hebreos 9:16-17). Esto significa que mientras Cristo vivía, el Nuevo Testamento aún no estaba en vigor. El ladrón murió bajo el sistema anterior. La ley antigua todavía estaba activa hasta que fue clavada en la cruz (Colosenses 2:14). Cristo nació, vivió y murió bajo la ley (Gálatas 4:4). Por lo tanto, las condiciones de salvación bajo el Nuevo Pacto aún no habían sido establecidas públicamente. Pretender aplicar requisitos posteriores a una situación anterior es ignorar la progresión del plan redentor. Así como no se exige el sacrificio de animales hoy, tampoco se puede usar un caso del Antiguo Pacto para anular un mandamiento del Nuevo.
LA AUTORIDAD SOBERANA DE CRISTO EN LA TIERRA
Jesucristo, durante su ministerio terrenal, ejerció autoridad directa para perdonar pecados. En Marcos 2:10 declaró: “El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados”. Esta autoridad no estaba limitada por rituales, porque Él es la fuente del perdón. Al ladrón le perdonó directamente, como también lo hizo con otros. Pero esta autoridad personal no elimina el sistema que Él mismo establecería después. Tras su resurrección, delegó la proclamación del perdón mediante el evangelio: “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados” (Lucas 24:47). Ahora el perdón no se otorga por un encuentro físico con Cristo, sino mediante la obediencia a su palabra. Confundir estos dos escenarios es mezclar dos momentos distintos del plan divino.
LA GRAN COMISIÓN: EL MOMENTO DONDE SE ESTABLECE EL CAMINO UNIVERSAL
Después de su resurrección, Cristo dio instrucciones claras y universales: “Id por todo el mundo… El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Marcos 16:15-16). También mandó: “haced discípulos… bautizándolos” (Mateo 28:19). Este mandato no fue dado antes de la cruz, sino después. El ladrón murió antes de que estas condiciones fueran anunciadas. Por eso, su caso no puede ser usado para invalidar lo que Cristo estableció como norma para todos los que escucharían el evangelio. En Hechos 2:38, Pedro aplica estas palabras diciendo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno… para perdón de los pecados”. Desde ese momento, el bautismo no es opcional, sino parte del mensaje central.
EL ERROR DE USAR UNA EXCEPCIÓN COMO REGLA GENERAL
La Biblia contiene eventos únicos que no establecen normas universales. El ladrón es uno de ellos. No se puede construir doctrina sobre un caso excepcional ignorando múltiples enseñanzas claras. Proverbios 30:5 advierte que toda palabra de Dios es pura; añadir o quitar produce error. Si alguien toma el caso del ladrón para negar el bautismo, entonces también tendría que ignorar Hechos 2:38, Hechos 22:16, Romanos 6:3-4 y 1 Pedro 3:21. La correcta interpretación armoniza todos los textos, no elimina unos para sostener otros.
EL BAUTISMO EN EL PLAN DE SALVACIÓN: MÁS QUE UN SÍMBOLO
La Escritura presenta el bautismo como el momento en que ocurre una transformación espiritual real. “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (Romanos 6:3). En el bautismo, el creyente participa en la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (Romanos 6:4-5). No es un acto simbólico vacío, sino una unión espiritual con el sacrificio de Cristo. Además, Gálatas 3:27 afirma: “todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos”. Sin este acto, la persona no ha entrado plenamente en esa relación.
EL BAUTISMO Y EL PERDÓN DE PECADOS: DECLARACIONES DIRECTAS
Cuando se aborda el tema del bautismo en relación con el perdón de los pecados, no se trata de una doctrina construida sobre inferencias débiles o interpretaciones ambiguas, sino sobre declaraciones directas, claras y repetidas a lo largo del Nuevo Testamento. La Escritura no presenta el bautismo como un símbolo posterior a la salvación, sino como el momento en que el pecador arrepentido recibe el perdón y entra en una nueva relación con Dios. Ignorar estas declaraciones es forzar el texto bíblico para ajustarlo a ideas preconcebidas.
El punto de partida más contundente se encuentra en Hechos 2:38: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados”. La expresión “para perdón de los pecados” no es secundaria ni opcional; define el propósito del bautismo. El término “para” indica dirección hacia un objetivo, no algo que ya se posee. Así como en Mateo 26:28 Jesús dijo que su sangre fue derramada “para perdón de los pecados”, nadie interpretaría que su sangre fue derramada porque los pecados ya estaban perdonados. De la misma manera, el bautismo se presenta como el medio mediante el cual el creyente accede a ese perdón provisto por la sangre de Cristo.
Esta verdad se reafirma en Hechos 22:16, donde Ananías le dice a Saulo: “Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre”. Aquí el lenguaje es aún más explícito. El bautismo está directamente conectado con el acto de “lavar” los pecados. No se presenta como un símbolo de limpieza ya ocurrida, sino como el momento en que esa limpieza se realiza. Saulo ya había creído, había ayunado y orado por tres días (Hechos 9:9-11), pero aún se le dice que sus pecados debían ser lavados. Esto demuestra que la fe y el arrepentimiento, aunque esenciales, no sustituyen el acto del bautismo en el proceso del perdón.
El apóstol Pedro también declara con absoluta claridad: “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva” (1 Pedro 3:21). Esta afirmación no puede ser ignorada sin violentar el texto. Pedro no dice que el bautismo simboliza la salvación, sino que “nos salva”. Luego aclara que no se trata de la eliminación de la suciedad del cuerpo, sino de “la aspiración de una buena conciencia hacia Dios”. Es decir, no es el agua en sí la que tiene poder, sino la obediencia del corazón que responde al mandato divino, confiando en la obra de Cristo.
El apóstol Pablo, por su parte, explica el significado espiritual del bautismo en relación con la obra redentora de Cristo: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (Romanos 6:3). En el bautismo, el creyente entra en contacto con la muerte de Cristo, donde su sangre fue derramada para el perdón de los pecados. Luego añade: “somos sepultados juntamente con él… para que… andemos en vida nueva” (Romanos 6:4). Aquí se observa claramente que el bautismo marca el punto de transición entre la vida de pecado y la vida nueva. No es algo que ocurre después, sino en ese momento.
Gálatas 3:27 refuerza esta idea al declarar: “todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos”. Estar “en Cristo” es estar en el lugar donde se encuentra la salvación (2 Timoteo 2:10). Pero según este pasaje, la entrada a Cristo ocurre en el bautismo. Por lo tanto, no se puede afirmar que una persona está salva antes de haber sido bautizada, porque aún no ha entrado en Cristo según la enseñanza apostólica.
Tito 3:5 añade otra dimensión importante: “nos salvó… por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”. El “lavamiento” aquí mencionado está en armonía con la idea del bautismo como el momento de limpieza espiritual. No es un acto externo sin efecto interno, sino el punto donde Dios opera la regeneración del creyente. El Espíritu Santo actúa, pero lo hace en el contexto del “lavamiento”, no al margen de él.
Además, el lenguaje del Nuevo Testamento nunca presenta el bautismo como algo opcional para quienes desean obedecer plenamente. En cada conversión registrada, el bautismo aparece como una respuesta inmediata y necesaria. No existe un solo caso donde se le diga a alguien que ya es salvo sin necesidad de bautizarse después de haber oído el evangelio. Esta ausencia es significativa, porque si el bautismo fuera innecesario, al menos un ejemplo lo mostraría claramente.
Algunos intentan minimizar estas declaraciones argumentando que la salvación es por gracia y no por obras (Efesios 2:8-9). Sin embargo, este argumento malinterpreta la relación entre gracia y obediencia. El bautismo no es una obra humana que gana la salvación, sino una respuesta obediente a la gracia de Dios. Colosenses 2:12 lo expresa así: “sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios”. La eficacia no está en el acto humano, sino en el poder de Dios que obra cuando el hombre responde con fe.
Por tanto, las declaraciones del Nuevo Testamento son consistentes, claras y directas: el bautismo está íntimamente ligado al perdón de los pecados. No es un símbolo vacío, no es un paso opcional, no es una tradición eclesiástica. Es el momento señalado por Dios donde el pecador arrepentido recibe el perdón, entra en Cristo y comienza una nueva vida. Negar esta verdad no es simplemente tener una opinión diferente, sino rechazar el testimonio unificado de la Escritura. Aceptarla, en cambio, es someterse al diseño divino y confiar en que Dios cumple sus promesas cuando el hombre responde en obediencia. Porque al final, no se trata de lo que el hombre piensa que es suficiente, sino de lo que Dios ha establecido como el camino para el perdón.
NACER DEL AGUA Y DEL ESPÍRITU: UNA ENSEÑANZA FUNDAMENTAL
Cuando Jesús declaró a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5), estableció una de las verdades más profundas y determinantes del evangelio. No se trata de una enseñanza secundaria ni simbólica, sino de una condición absoluta expresada en términos innegables. La frase “no puede” elimina toda posibilidad de excepción bajo el Nuevo Pacto. No es una recomendación, es un requisito divino. Por lo tanto, comprender correctamente qué significa “nacer del agua y del Espíritu” es esencial para entender el camino de la salvación.
En primer lugar, el contexto muestra que Jesús está hablando de un nuevo nacimiento espiritual, no de algo figurado sin aplicación concreta. Nicodemo entendió inicialmente en términos físicos, preguntando: “¿Puede un hombre nacer siendo viejo?” (Juan 3:4). Jesús corrige su entendimiento elevándolo a una dimensión espiritual, pero no elimina la realidad del acto. El nuevo nacimiento no es una idea abstracta, sino una experiencia real que transforma al hombre desde su raíz. Así como el nacimiento físico introduce al hombre en la vida natural, el nuevo nacimiento introduce al hombre en la vida espiritual y en el reino de Dios.
El elemento “agua” no puede ser ignorado ni reinterpretado arbitrariamente. A lo largo del Nuevo Testamento, el agua está directamente asociada con el bautismo. En Hechos 2:38, Pedro conecta el bautismo con el perdón de los pecados. En Hechos 8:36-38, el eunuco responde al evangelio al ver agua y ser bautizado. En Hechos 10:47-48, Pedro ordena el bautismo en agua como respuesta necesaria. Esta conexión constante muestra que el “nacer del agua” no es una metáfora vacía, sino una referencia clara al acto del bautismo.
Además, el apóstol Pablo refuerza esta idea al enseñar que en el bautismo ocurre una transformación espiritual profunda: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo… a fin de que… andemos en vida nueva” (Romanos 6:4). Aquí se observa el concepto de nuevo nacimiento: muerte al viejo hombre y resurrección a una nueva vida. Este proceso coincide perfectamente con la enseñanza de Jesús. No es solo un cambio emocional o mental, sino una transición espiritual real.
El “Espíritu” también es parte esencial de este nuevo nacimiento. No se trata simplemente de un acto externo, sino de una obra interna de Dios. Tito 3:5 lo expresa así: “nos salvó… por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”. Aquí se unen los dos elementos: el lavamiento (agua) y la renovación (Espíritu). No son opuestos ni independientes, sino complementarios. El error de muchos consiste en aceptar la obra del Espíritu mientras rechazan el acto en el agua, rompiendo así la unidad del nuevo nacimiento que Cristo estableció.
En Hechos 2 se observa claramente esta unión. El Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles (Hechos 2:1-4), quienes predican el evangelio. Los oyentes creen, se arrepienten y son bautizados en agua (Hechos 2:38). Luego reciben el don del Espíritu Santo. Este patrón muestra que el nuevo nacimiento no es un evento separado en partes desconectadas, sino una respuesta integral al evangelio donde Dios actúa y el hombre obedece.
Algunos intentan reinterpretar “nacer del agua” como el nacimiento físico, pero esta idea no se sostiene en el contexto ni en la enseñanza general de la Escritura. Jesús no estaría diciendo que es necesario nacer físicamente, algo que ya es evidente, sino que está estableciendo dos elementos del nacimiento espiritual. Además, si “agua” fuera el nacimiento físico, la expresión sería redundante e innecesaria. El énfasis de Jesús está en lo espiritual, pero utilizando medios concretos establecidos por Dios.
También es importante notar que entrar en el reino de Dios está condicionado a este nuevo nacimiento. No se puede ser parte del reino sin pasar por este proceso. Colosenses 1:13 enseña que Dios “nos ha trasladado al reino de su amado Hijo”. Este traslado ocurre cuando el hombre responde al evangelio conforme a lo que Cristo mandó. El bautismo no es un acto posterior para quienes ya están en el reino, sino el punto de entrada al mismo.
Negar la necesidad de “nacer del agua” es, en realidad, negar una parte esencial del nuevo nacimiento. Es intentar entrar al reino por un camino distinto al establecido por Dios. Pero Jesús mismo dijo: “Yo soy la puerta” (Juan 10:9), y esa puerta incluye las condiciones que Él ha determinado. No hay atajos ni sustitutos.
Además, el nuevo nacimiento no puede ser reducido a una experiencia emocional o a una simple confesión verbal. Es un proceso donde el hombre muere al pecado, es limpiado y comienza una nueva vida. 2 Corintios 5:17 declara: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es”. Pero, ¿cuándo entra el hombre en Cristo? Gálatas 3:27 responde: “porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos”. Sin este paso, la persona no ha entrado plenamente en esa nueva relación.
Por tanto, “nacer del agua y del Espíritu” no es una frase simbólica abierta a interpretaciones humanas, sino una enseñanza fundamental que define el acceso al reino de Dios. Es el momento donde la gracia de Dios y la obediencia del hombre se encuentran. Es donde el pecador deja atrás su vieja vida y comienza una nueva en Cristo.
Ignorar esta enseñanza es ignorar una de las declaraciones más claras de Jesús. Aceptarla implica someterse completamente a su voluntad. Y en esa obediencia, el hombre no solo cumple un mandamiento, sino que experimenta el verdadero nuevo nacimiento que lo introduce en la vida eterna.
LA PRÁCTICA INMEDIATA EN LA IGLESIA PRIMITIVA
Cuando se examina con detenimiento el libro de los Hechos, no solo se encuentra doctrina, sino también práctica. Y esa práctica revela cómo entendieron los primeros creyentes el mensaje del evangelio. No basta con analizar lo que se dijo; es necesario observar lo que se hizo. La iglesia primitiva no trató el bautismo como un acto secundario, opcional o meramente simbólico, sino como una respuesta inmediata, urgente e inseparable de la conversión. Este hecho, repetido una y otra vez en distintos contextos, constituye una evidencia contundente contra la idea de que el bautismo no es necesario para la salvación.
El día de Pentecostés marca el inicio de la proclamación del evangelio bajo el Nuevo Pacto. Después de oír la predicación, los oyentes fueron “compungidos de corazón” y preguntaron: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hechos 2:37). Esta pregunta no fue ignorada ni respondida con generalidades. Pedro dio una instrucción concreta y directa: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hechos 2:38). No hubo demora, ni condiciones adicionales impuestas por hombres. El texto continúa diciendo: “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados” (Hechos 2:41). La fe, el arrepentimiento y el bautismo ocurrieron en una misma respuesta inmediata. Nadie fue instruido a esperar, ni a pasar por procesos prolongados, ni a considerar el bautismo como algo posterior.
En Hechos 8 encontramos otro ejemplo significativo con los samaritanos. El texto dice: “Pero cuando creyeron a Felipe… se bautizaban hombres y mujeres” (Hechos 8:12). La creencia no fue el final del proceso, sino el inicio de una acción inmediata: el bautismo. Incluso Simón, quien había practicado la magia, “también creyó, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe” (Hechos 8:13). Nuevamente se observa el mismo patrón: creer conduce a bautizarse sin demora.
Más adelante, el encuentro entre Felipe y el eunuco etíope ofrece una escena aún más clara. Después de predicarle a Jesús, al llegar a cierta agua, el eunuco dijo: “Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?” (Hechos 8:36). Esta pregunta revela que el mensaje que Felipe le había predicado incluía necesariamente el bautismo. No fue una idea que surgió del eunuco por casualidad, sino una respuesta lógica al evangelio que había escuchado. Al confesar su fe, “descendieron ambos al agua… y le bautizó” (Hechos 8:38). No hubo aplazamiento, ni instrucción de esperar días o semanas. La obediencia fue inmediata.
El caso de Saulo de Tarso también es profundamente revelador. Después de su encuentro con Cristo, pasó tres días en ayuno y oración, pero aún no había recibido el perdón. Cuando Ananías llegó a él, no le dijo que ya estaba salvo por haber creído, sino: “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre” (Hechos 22:16). La pregunta “¿por qué te detienes?” muestra que cualquier demora era innecesaria e incorrecta. El bautismo no debía posponerse, porque estaba directamente relacionado con el perdón de los pecados.
En Hechos 10, el caso de Cornelio y su casa confirma aún más esta verdad. Aunque eran hombres piadosos y temerosos de Dios, y aunque el Espíritu Santo descendió sobre ellos como señal divina, Pedro aún ordenó que fueran bautizados: “¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos…? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús” (Hechos 10:47-48). Incluso después de manifestaciones extraordinarias, el bautismo no fue omitido. Esto demuestra que no era opcional ni simbólico, sino necesario dentro del plan de Dios.
El carcelero de Filipos presenta otro ejemplo poderoso de urgencia. Después de creer, el texto dice: “Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche… enseguida se bautizó él con todos los suyos” (Hechos 16:33). No esperaron al día siguiente, ni a una ocasión más convenie
Por: Carlos Benavides
¿CUÁL ES LA DIFERENCIA ENTRE UN DISCÍPULOS Y UN APÓSTOL?
¿CUÁL ES LA DIFERENCIA ENTRE UN DISCÍPULOS Y UN APÓSTOL?
_"Y cuando era de día, llamó a sus *discípulos*, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó *apóstoles*"_ (Lucas 6:13).
La palabra _*"discípulo"*_ proviene del griego (_μαθητής - mathētēs_), que significa un estudiante, alumno, discípulo...
La palabra _*"apóstol"*_ proviene del griego (_ἀπόστολος - apostolos_) y significaba, un delegado, mensajero, o uno enviado con órdenes [se aplica específicamente a los doce apóstoles de Cristo].
El término _*apóstol*_ se usa de dos maneras distintas en el Nuevo Testamento. Normalmente, se utiliza para describir *un cargo de liderazgo en la iglesia primitiva*, en el que los doce apóstoles y Pablo tenían autoridad inspirada y la capacidad de realizar milagros (Mateo 16:19; 18:18; 2:42; 6:1 ; Romanos 11:13; 1 Corintios 12:28; Efesios 4:11; 2 Corintios 12:12).
Para ser elegido para este cargo, uno debía haber presenciado todo lo que Jesús hizo, desde su bautismo hasta su ascensión (Hechos 1:21__26). Sin embargo, también se usa en un sentido más amplio para referirse a los misioneros cristianos enviados por las iglesias en viajes misioneros (Hechos 14:14; Romanos 16:7; 2 Corintios 8:23; Filipenses 2:25).
Todos *los apóstoles fueron discípulos*, pero *no todos los discípulos fueron apóstoles*, ni en el sentido de que ocuparan un cargo en la iglesia ni en el sentido de que no todos fueron enviados por las iglesias para realizar labor misionera.
Curiosamente, a Jesús también se le llamó _*apóstol*_ porque era *un mensajero*, enviado por Dios...
Reflexión:
- _*¿Qué características definen a un discípulo de Jesús y cómo podemos cultivarlas en nuestra vida diaria?*_...
- Reflexiona sobre cómo ser un estudiante y seguidor de Cristo implica aprender de Su enseñanza y vivir de acuerdo a Su ejemplo. Considera versículos como *Mateo 28:19-20*, donde se nos llama a hacer discípulos.
- _*¿Cuál es el papel de un apóstol en la iglesia y cómo se diferencia de nuestra labor como discípulos hoy en día?*_...
- Piensa en la autoridad y el llamado especial que tenían los apóstoles, y cómo, aunque no seamos apóstoles en el sentido original, podemos ser mensajeros de Cristo en nuestras comunidades. Puedes meditar en (2Corintios 5:20) , que nos llama embajadores de Cristo.
- _*¿Cómo podemos aplicar el llamado a ser mejores discípulos en nuestra vida cotidiana y en nuestra relación con Jesús?*_...
- Considera qué acciones concretas puedes tomar para seguir más de cerca a Jesús y ser un reflejo de Su amor y enseñanza en el mundo. Reflexiona sobre (Juan 15:8) , donde se nos dice que al dar fruto, glorificamos a Dios.
Desafío Personal:
- Comprométete a dedicar tiempo cada día a estudiar la Palabra de Dios y a orar, buscando maneras de aplicar lo que aprendes en tu vida.
- Recuerda que, aunque no somos apóstoles originales, cada uno de nosotros puede ser un discípulo comprometido que sigue a Jesús y comparte Su mensaje con los demás.
_*"Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús"*_ (Hebreos 3:1).
Por: Carlos Benavides
lunes, 8 de diciembre de 2025
viernes, 5 de diciembre de 2025
martes, 2 de diciembre de 2025
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DESPUÉS DEL BAUTISMO ¿QUÉ? “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificac...
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